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El día de todos los santos. Historia y tradición.

La noche del 31 de octubre se celebra internacionalmente Halloween. Una fiesta importada del mundo anglosajón. Sin embargo, por esas fechas, en nuestro país es costumbre celebrar el “Día de todos los Santos”, el 1 de noviembre, y el día de los difuntos, el 2 de noviembre. Una festividad mucho más íntima, en la que las personas van a los cementerios y colocan flores sobre las tumbas de sus difuntos.

El día de todos los santos es fiesta nacional. No hay trabajo ni colegio. Cuando yo era pequeño, mi padre cogía el coche y se iba al pueblo, donde estaba enterrado mi abuelo. A eso de las 8 de la mañana, pasaba por una floristería y recogía las flores que tenía encargadas. Junto a la tumba de su padre, mi madre coincidía con sus hermanas. Entre todas limpiaban la lápida de la tumba de mi abuelo y colocaban sobre ella jarrones de porcelana con flores y un poco de agua en su interior. Mis tías llevaban en una bolsa de plástico velas y cirios. Encendían algunos de ellos y se cuidaban de que la llama no se apagara, a pesar del viento.

Yo coincidía con todos mis primos. Hacía meses que no los veía. Todos juntos nos salíamos a la puerta. El cementerio no es un buen sitio para que los niños jueguen correteando entre las tumbas. Está mal visto. En las inmediaciones del campo santo se había levantado un pequeño mercadillo. Había puestos de flores, donde algunas personas compraban ramos a última hora. Las dos señoras, que tenían una tienda de chuches en el pueblo, se habían colocado con un carro de mano cerca de la puerta y habían montado una parada. Sabían que todos los niños estarían por allí. El cementerio era un trasiego continuo de personas que entraban y salían. Nosotros jugábamos en un parque que había al lado. De vez en cuando, pasábamos a ver a nuestras madres, para ver cómo iba todo y para pedirles unas monedas para comprar alguna chuchería.

A la hora de comer nos turnábamos para ir a casa de la abuela y comer algo rápido o traíamos bocadillos que comíamos sentados junto a las tumbas. Cuando oscurecía, se encendían junto a los sepulcros todas las velas que llevaban las familias. El cementerio quedaba iluminado. Siempre quedaban algunas señoras que velaban las velas hasta bien entrada la noche.

Al día siguiente, de vuelta otra vez al cementerio. Al llegar, mi madre y mis tías limpiaban la lápida de mi abuelo de posibles restos de cera que pudieran haber caído de los cirios y volvían a rellenar los jarrones de las flores con agua. Si el día 2 no había puente o no caía en fin de semana, mi padre salía por la mañana temprano a trabajar y regresaba por la tarde a recogernos. Ese día se pegaba un palizón de coche. La señora de la tumba de al lado de mi abuelo vivía más lejos. El día anterior le pidió el favor a mi tía de que recogiera las flores.

La tarde del día 2 la gente abandonaba el cementerio. El mercadillo que se había levantado en la puerta se desmontaba. Muchas personas dejaban las flores sobre las tumbas. Irían a recogerlas en días posteriores.

Aunque en España es costumbre colocar flores naturales sobre las tumbas, los distribuidores de Mundo Flor, una empresa mayorista de artículos de decoración y floristería, nos comentan que cada vez es más frecuente comprar arreglos florales artificiales. Requieren menos cuidados y permanecen sobre las tumbas durante más tiempo. Las flores artificiales, actualmente, tienen una apariencia muy parecida a las naturales.

Historia de la fiesta.

Dice el periódico El País que a mediados del siglo IX, el papa Gregorio IV decidió extender la fiesta de todos los santos a toda la cristiandad. Se trataba de rendir homenaje a todos aquellos difuntos que habían superado el purgatorio y habían ascendido al cielo. Para la religión católica, todos los muertos que están en el cielo son santos en potencia, y para cada familia, la mayoría de sus difuntos están en el cielo. Este era un momento de santificación generalizada, aunque los muertos no hubieran sido canonizados por la iglesia.

El acto de honrar a los fallecidos es anterior a la existencia de la religión. Es uno de los indicadores del origen de la civilización. Ya desde el neolítico, en la prehistoria, los hombres levantaban monumentos funerarios para venerar a sus muertos. Los dólmenes son un claro ejemplo de ello. Las Navetas en Menorca, por ejemplo, construidas por la cultura talayólica 1000 años antes de Cristo, eran cámaras funerarias levantadas con piedra, en cuyo interior se depositaban los cadáveres de un clan y se cubrían con tierra.

A finales del imperio romano, cuando Roma se convirtió al cristianismo, los cementerios se colocaban junto a los muros de las iglesias. Es entonces cuando se les denominaba campo santo. En la edad media, la descomposición de los cadáveres se convirtió en una fuente de propagación de epidemias, por lo que se tomó la decisión de trasladar los cementerios fuera de los núcleos habitados. Aún hoy, podemos visitar cementerios junto a iglesias románicas en el sur de Francia y en el Valle de Arán, en el Pirineo leridano.

Los dulces de todos los santos.

La festividad de todos los santos también es un indicador de que se aproxima el frío, de que el invierno está a la vuelta de la esquina. Por eso, en muchas partes de España se comen esos días dulces con un alto contenido calórico.

Un claro ejemplo de ello son los “panellets” que se comen en Cataluña. Son dulces elaborados con una base de patata o boniato cocido, mezclado con azúcar y almendra molida, que se rebozan en almendra picada, coco rallado o cacao en polvo y después se doran en el horno. En muchas casas está la costumbre de cocinar sus propios “panellets”. Es un proceso en el que participa toda la familia. A los niños les encanta amasar los pastelitos que luego después comerán. Todas las pastelerías de Cataluña venden “panellets” artesanos, fabricados por ellos, durante esa semana.

Por estos días es costumbre comer castañas asadas. En Cataluña es toda una institución. El día de todos los santos también es el día de la “castañera”. En todos los barrios de Barcelona se levantan puestos donde se venden castañas asadas sobre bidones con brasas y en las fruterías comercializan bolsas de castañas crudas, para los que quieran asarlas en casa.

No solo en Cataluña se comen dulces ese día. En Valencia es tradición asar boniatos. En toda España son populares los buñuelos de viento. Una sencilla masa horneada en pastelitos redondos rellenos de chocolate o crema y espolvoreados con azúcar glasé. Su invención se le adjudica al cocinero de Felipe II, y dice la leyenda popular, que por cada buñuelo que se come, se libera un alma del purgatorio y se le redirige al cielo.

En algunas partes de Castilla, los confiteros venden huesos de santo. Un dulce cuyo origen se encuentra en los monasterios de monjas de clausura. Que vendían estos dulces elaborados por ellas, el día de todos los santos, para obtener fondos de los feligreses. Los huesos de santo tradicionales son pequeños rollos de mazapán rellenos con yema de huevo.

El día de los muertos.

Esta es una fiesta tradicional de México y de Centroamérica, que la iglesia católica asimiló al día de todos los santos. Dice el periódico El Mundo que tiene un origen prehispánico. Se supone que ese día, la puerta del mundo de los muertos se abre y las almas de los difuntos regresan al mundo de los vivos para reencontrarse con su familia.

Es un día alegre, de celebración. Las calles de los pueblos y ciudades mexicanas se engalanan con flores y se llenan de color. Se levantan en plena calle vistosos altares y se hacen ofrendas que trazan el camino que han de recorrer los espíritus para encontrarse con sus seres queridos.

En la mitología mexicana precolombina se rendía culto al Dios Mictlantecuhtli. El señor de la muerte. Un dios que vivía en el inframundo, el Mictlán, el lugar al que irían a parar el alma de los difuntos. Venía a ser algo parecido como el dios Osiris del antiguo Egipto. Como sucedía con las civilizaciones de la antigüedad, los mayas y los aztecas procesaban una religión politeísta.

Antes de la llegada de los conquistadores españoles, cuando se moría una persona en México y en otros países como Guatemala, sus familiares le rendían una fiesta para guiar su alma en el recorrido al Mictlán.

Como sucede con tantas otras tradiciones profanas, la iglesia católica asimilará este rito y lo integrará en el calendario cristiano, dándole un contenido religioso. Esta capacidad de asimilación es una de las claves de que el catolicismo se haya extendido por medio mundo y esté perdurando más de 2.000 años.

En México, en España y en todo el mundo cristiano, el comienzo del mes de noviembre está ligado a la muerte y a las flores.

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